Dentro de las muchas formas de violencia y discriminación que enfrentan las personas homosexuales o con identidades de género distintas a la cis, una a la que se tiende a hacer poca referencia en la actualidad es lo que se conoce como terapias de conversión. Aunque en Occidente se suele pensar que las mismas han sido erradicadas hace tiempo, todavía hay territorios en los que las mismas tienen lugar. Por eso, a continuación hablaremos de dónde tienen lugar estas terapias y su impacto en la salud mental.
El término terapias de conversión se suele emplear para describir las prácticas, generalmente pseudocientíficas, que se emplean para intentar alterar la identidad o expresión de género de una persona, o su orientación sexual.
Las terapias de conversión y la violencia
De acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas, las terapias de conversión se dan en el marco de una estrecha relación entre la violencia y la discriminación por motivos de identidad de género y orientación sexual. De acuerdo a un informe publicado por expertos en 2020, y que fue presentado al Consejo de Derechos Humanos, el principal objetivo de las terapias de conversión es transformar a las personas no heterosexuales en personas heterosexuales, como así también convertir a las personas trans o de género diverso en una persona cisgénero.
Hoy en día, dichas terapias todavía suceden en por lo menos 68 países de los que se tiene registro, a lo largo de todos los continentes. Son especialmente frecuentes en países de África, mientras que son un poco frecuentes en América Latina y el Caribe y también en Asia. De acuerdo al informe, también se pueden encontrar en ocasiones en China, en los Estados de Europa del este y también en Corea.
Terapias de conversión: discriminación que se convierte en tortura
El experto que llevó a cabo el informe citado visitó muchos países para poder dar lugar a esa investigación. En esa ocasión, logró reunir testimonios de personas de la comunidad LGBTIQ+ que fueron sometidas a distintos tipos de “terapias de conversión”, desde tratamientos psicológicos forzados hasta exorcismos por parte de la iglesia o, incluso, violaciones coercitivas. Lo que encontró es que las terapias de conversión pueden ocasionar grandes traumas tanto físicos como psicológicos, afectando la salud general y la salud mental de las personas sometidas a ello. Es esto lo que condujo a que los diferentes mecanismos de las Naciones Unidas que luchan contra la tortura hayan includo a las terapias de conversión como equivalentes a procesos de tortura y otros tratamientos degradantes.
De la mano de lo mencionado con anterioridad, ILGA Mundo ha publicado también un informe pionero sobre la cuestión, denominado “Poniéndole límites al engaño”, que lo que hace es explorar el vasto campo de las técnicas que se han usado (y continúan usándose) a modo de “terapias de conversión”. Analiza, además, los derechos humanos afectados de esta manera y las estrategias necesarias para restringir dichas prácticas en todo el mundo, con algo que supere las regulaciones vigentes.
¿Cómo decir adiós a estas prácticas?
A lo largo de los últimos años se han ido tomando distintas medidas orientadas a acabar con las terapias de conversión alrededor del mundo. Por ejemplo, en algunos países como Ecuador y Malta pasaron a considerarse delito. Mientras tanto, en España y en Estados Unidos se introdujeron prohibiciones en el plano local. También hubo prohibiciones en Alemania, Albania, Francia y Canadá. No obstante, el informe presentado a Naciones Unidas da cuenta de que hay países en los que todavía se busca, incluso, promover las terapias de conversión por parte del Estado. Ejemplo de ello es Ghana, donde se ha buscado castigar con cárcel a cualquier persona sospechosa de ser LGBTIQ+, al tiempo que permitir de forma explícita las terapias de conversión.
Sostiene ILGA, en relación con ello, lo siguiente:
“La protección contra tratamientos ineficaces y crueles similares es tan urgente como siempre: nuestro informe también expone cómo, gracias a la incansable defensa de activistas, supervivientes y organizaciones de base, los Estados, los profesionales de la salud y los organismos internacionales de derechos humanos de todo el mundo se están pronunciando en contra de las llamadas «terapias de conversión»”.





