El concepto de identidad de género es algo muy extendido en la actualidad. Distintos países alrededor del mundo han avanzado en legislaciones orientadas a proteger la expresión de dicha identidad y garantizar derechos por fuera del binomio hombre-mujer y de la lógica cis y heterosexual. Sin embargo, el reconocimiento de otras identidades no es algo que tiene lugar por primera vez, sino que se ha visto en distintos momentos históricos.
La identidad de género desde la Grecia antigua
Distinto a lo que podría pensarse inicialmente, aquella sociedad que fue el puntapié de las sociedades occidentales y el mundo moderno como lo conocemos dieron lugar a muchos cambios de identidad o a lo que se conoce hoy en día como travestismo. Si bien es la sociedad en la que el varón apareció como modelo frente al animal, a la mujer y al bárbaro, el travestismo era frecuente.
Un caso interesante que se puede tomar es el de Faetusa de Abdera. De acuerdo con Hipócrates, nos enteramos de que a ella le habría nacido barba y todo su cuerpo se habría masculinizado después de que su esposo Piteas partiera. También se daba esta situación en Nano, la mujer de Górgipos. Pero, además, destaca que esos cambios estéticos no hicieron que dejasen de actuar como mujeres al frente de sus casas.
También podemos tomar al historiador Diodoro de Sicilia, que dejó escrito que Herais había visto crecer órganos genitales masculinos en su cuerpo durante la ausencia de su marido como consecuencia de un tumor en la base del abdomen. Esto, por supuesto, sumado a los casos constatados de muchas tribus indígenas en las que se da cuenta de diversas identidades genéricas distintas a lo que se conoce habitualmente como hombre y mujer.
Europa desde el siglo XVIII y la identidad de género
Si nos trasladamos en el tiempo, hay otros casos escritos de personas trans. Uno de los casos más famosos es el de Charles de Beaumont, conocido como caballero d’Eon. Vivió públicamente como mujer en el siglo XVIII en Europa. Si bien fue asignada como varón en su nacimiento y también al momento de su muerte, lo cierto es que pasó gran parte de su vida vistiendo con ropas de hombre y de mujer indistintamente, en lo que hoy se consideraría como género fluido. También actuó como espía de Francia en Rusia, lo que le valió un reconocimiento como uno de los mejores espadachines de su momento. Por si fuera poco, esta persona que fue reconocida y agasajada, se desempeñó como diplomática y propició la Paz de París en 1763.
También es importante destacar, en Europa, el caso de doña Catalina de Erauso, alférez. Se trató de un hombre trans que fue no solo aceptado sino también reconocido tanto por su entorno militar como por el papa y el rey. Otros casos interesantes son el de los feminieli del barrio español de Nápoles, las vírgenes juradas de Albania que tomaban el papel de los hombres en la familia y el caso reconocido de Henrietta Faber, una suiza que en Cuba se casó con Juana de León.
Estas historias permiten dar cuenta de que la identidad es algo que ha ido cambiando y ha sido fluido históricamente. Las personas trans y travestis no son propias únicamente de nuestro momento histórico, sino que es algo que se ha visto a lo largo de los siglos tanto en las comunidades indígenas de distintas partes del mundo como en las civilizaciones occidentales de los siglos pasados. Negar esta historia es negar, asimismo, gran parte de la historia de la humanidad y cómo otras sociedades han sido capaces de aceptar las diversidades genéricas en otros tiempos.





